Siempre me atrajeron los hombres con abrigos y chaquetas oscuras, aquellos que saben llevar todas sus historias en maletines de piel y cerrojos de metal dorado. Esas historias de las que cada uno de nosotros encuentra un significado distinto. De rostro severo y corazón grande. De mirada profunda y lenguaje cercano. Siempre me gustó lo difícil. Será por esa razón que el Barroco me entusiasma tanto. Atravesaba siempre la estancia moviéndose al compás del reloj, tic, tac, tic, tac... transportando extraños pero familiares aromas con su caminar, como el olor de casa o simplemente de misterio. Hablaba todo el tiempo , se paraba en seco. Acompañaba todas sus palabras con unos movimientos bruscos propios de un baile de una cinta en un ventilador.
Mientras observaba la escena , yo me dedicaba a contestar al clamor del viejo y cascado teléfono rojo. Mis cabellos de color caoba se resbalaban mientras apuntaba notas al director y observaba la sombra del hombre moviéndose en un vals constante.
"Ahora está reunido el director". Afirmé a mi interlocutor telefónico. "Si lo desea le dejo un recado pidiendo que le llame".
Más solo el silencio y la sombra del hombre me contestó.
Colgué el teléfono poniendo punto y final a la función en la sala de los vómitos verdes.
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