martes, 14 de febrero de 2012

El bardo

Siempre guardé cierta fascinación por las historias ocultas en maletines de cuero y engranajes dorados , de abrigos largos con sabor a pimienta y de las horas creadas a partir del humo de un cigarro. Sus pestañas recortadas entre notas difusas de una melodía barroca hacen brotar de sus ojos un color como el oscuro café. Parecía un  explorador de la ciudad como si quisiera descifrar los secretos de cada centímetro de asfalto de la ciudad. Mi ciudad. Anhelado Paris.
En su viejo maletín  guardaba un par de libros ajados por los viajes continuados de un lugar a otro. 
Esa era su magia. Las palabras.
Me sacó volando por la ventana y me metió en un Ford Angila volador de color azul y me dijo: 
-"Te esperan , ponte la túnica. Te dejaré en la estación de trenes. El resto del camino lo tendrás que hacer sola".
Y así fue como el soplo de las ideas me hizo volar como las cintas del ventilador desde Montmatre hasta pisar el frío suelo de piedra de un castillo en la campiña inglesa. De repente , estuve sentada en un taburete con un sombrero a la cabeza que me susurraba:


"El poder de la intriga y la fascinación es lo que nos mueve a hacer grandes cosas y superarnos a nosotros mismos". 


Esa fueron las palabras que susurró a mi oído el sombrero.
Pero con la misma facilidad con la que un colibrí bate sus alas, volví a ese barrio de Montmatre dónde la sombra de una gabardina de aquel  hombre y el olor del cigarro apagado ante mis pies, me habían hecho volver a la ciudad de los artistas.

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