jueves, 8 de marzo de 2012

La muerte ya no lleva parca.

El otro día pasé por la vieja tienda de antigüedades de la Avenida Ferdinand. 
El día era muy lluvioso y los coches se agolpaban en los pasos de cebra esperando a que el semáforo se pudiera en verde. Yo me dirigía como todas las tardes a enseñar francés a los chicos de la señora Rodríguez , cuando pasé por la tienda de antigüedades. En el escaparate se encontraba expuesto un gramófono de 1923 dorado , con la caja de madera de roble y la manivela rematada en marfil blanco. Era perfecto. A pesar de que llegaría muy tarde a darle las clases a los chicos , me decidí a entrar en la tienda a preguntar por su precio. 


-"Son 500 francos" dijo el viejo dependiente. 


Me miraba con sus ojos grises , carentes de emoción alguna salvo atender su tienda. Salí pensando como conseguir tantos francos sin tener que trabajar tantas horas por tan poco dinero cuando al salir a la calle para internarme de nuevo en el caos de la lluvia, me choqué con un hombre. 
Era muy pálido , iba ataviado con una gabardina larga y negra con un sombrero a juego.
En sus ojos se podía leer la historia de un hombre que ha vivido demasiado en poco tiempo.

-"Disculpe señorita" dijo el.
-"No es nada repliqué"

Me había impresionado. Era atractivo. Muy atractivo. Demasiado atrayente. Las cosas claras: Tenía un cuerpo atrayente a una mujer , unos labios perfectos, una forma de moverse al caminar muy , muy ...
Estaba extasiada.Y así con el tintineo de la campana de la tienda , nuestro breve encuentro terminó. 

El hombre de la gabardina entró y saludo al viejo dependiente a la vez que le entragaba un recibo y decía: 



-"Lo siento".


El anciano tomó el papel. Nada más cogerlo y tras leer las primeras líneas
comezaron a fallarle las piernas , la respiración comenzó a hacerse lenta e interrumpida mientras los párpados le pesaban como el plomo. Nuestro hombre , tan gentil y elegante se quito el sombrero e hizo una reverencia al cuerpo del anciano que yacía en el suelo y , ajustándose la gabardina y el sombrero , salió de la tienda , se quedó observando el escaparate y dando un chasquido acompañado de un suspiro, desapareció.

Yo ya estaba en casa de los Rodríguez , lejos de la muerte , del hombre atractivo y sin la frialdad latente de la tienda de antigüedades.






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